Hablar
de un hecho tan aterrador como el ataque nuclear a Hiroshima y Nagasaki es como
restarle importancia a lo ocurrido porque por mucho que se hable de ello y se
intente explicar, incluso a través de los testimonios de los hibakusha, solamente los que estaban en
los lugares de los ataques el 6 y el 9 de agosto de 1945, pueden saber lo que
allí aconteció.
Cualquier enfrentamiento bélico
resulta inhumano. Personas que matan a otras personas, deshumanizándolas por
completo, para conseguir un interés común, ajeno a sus vidas individuales como
ciudadanos del mundo. Parece absurdo, sin embargo es algo que ha ocurrido
continuamente a lo largo de los siglos y no aparenta acercarse a su fin.
La Segunda Guerra Mundial ha sido la
mayor contienda que el planeta haya presenciado jamás. Pocos fueron los países que no se vieron
involucrados directa o indirectamente en ella, pero, como en toda historia,
hubo unos claros protagonistas. La Alemania nazi fue uno de ellos, a la cabeza
de las potencias del eje, desatando la batalla con la invasión de Polonia, en
1939, y apoyado por Italia y Japón. Hasta casi 1942 fueron vencedores de
numerosos conflictos, pero a partir de
este momento cambiaron las tornas.
Una agresión de este tipo deja una
atmósfera desoladora que plasma muy acertadamente Alain
Resnais, en su película
“Hiroshima mon amour”: al comienzo, dos cuerpos que parecen cubiertos de
tierra, como si se fundiesen entre ellos, acompañados de una música inquietante
y seguidamente el paralelismo con las imágenes de terror provocado
inmediatamente posterior al ataque, después de un breve y amargo silencio. La
película intenta explicar lo inexplicable, exactamente la misma tesitura en la
que yo me encuentro en este momento.
Como comentaba al inicio, cualquier
contienda bélica tiene numerosas consecuencias negativas. No es mi intención
defender a ningún bando, pero sí me atrevo a opinar, en este caso, que la
solución de EEUU para acabar la guerra fue totalmente desmedida e
injustificada. Repudio todo tipo de hegemonía y decisión sobre la vida ajena,
hasta el punto de acabar con ella, pero me resisto más todavía a la idea de
convertir la vida de una persona en una auténtica amargura. El pueblo japonés
fue víctima de tal ofensa con las agresiones sufridas en 1945. El ataque
principal no fue el protagonizado por el Enola
Gay, sino el rechazo social posterior que sufrieron los hibakusha, su miedo constante frente a
la vida, y tener que escuchar, sesenta y cinco años después del ataque, al
último superviviente del avión norteamericano diciendo que no se arrepiente de
lo sucedido y que volvería a hacerlo. Algunos norteamericanos mantienen que fue
mejor así porque de otra manera se verían obligados a invadir Japón y el número
de muertos, tanto japoneses como americanos, hubiese sido mayor. Ese dato nunca
lo corroboraremos. Además, habría que contabilizar a las personas que todavía
mueren hoy en día por causa de diferentes tipos de cáncer, debido a la
radiación presente aún después de todos estos años.
Realmente creo que el experimento se
le fue de las manos y dudo que los norteamericanos viesen en el bombardeo
de Hiroshima y Nagasaki un beneficio
para la humanidad, sino el propio General MacArthur no hubiese prohibido la
entrada de los periodistas en la zona del conflicto, para que el resto del mundo
conociese el resultado de sus hazañas.






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