domingo, 31 de marzo de 2013

HIROSHIMA Y NAGASAKI


             Hablar de un hecho tan aterrador como el ataque nuclear a Hiroshima y Nagasaki es como restarle importancia a lo ocurrido porque por mucho que se hable de ello y se intente explicar, incluso a través de los testimonios de los hibakusha, solamente los que estaban en los lugares de los ataques el 6 y el 9 de agosto de 1945, pueden saber lo que allí aconteció.

            Cualquier enfrentamiento bélico resulta inhumano. Personas que matan a otras personas, deshumanizándolas por completo, para conseguir un interés común, ajeno a sus vidas individuales como ciudadanos del mundo. Parece absurdo, sin embargo es algo que ha ocurrido continuamente a lo largo de los siglos y no aparenta acercarse a su fin.

            La Segunda Guerra Mundial ha sido la mayor contienda que el planeta haya presenciado jamás.  Pocos fueron los países que no se vieron involucrados directa o indirectamente en ella, pero, como en toda historia, hubo unos claros protagonistas. La Alemania nazi fue uno de ellos, a la cabeza de las potencias del eje, desatando la batalla con la invasión de Polonia, en 1939, y apoyado por Italia y Japón. Hasta casi 1942 fueron vencedores de numerosos conflictos, pero  a partir de este momento cambiaron las tornas.

            El 7 de diciembre de 1941, Japón bombardea Pearl Harbor, durante un acto de iza de bandera, y EEUU, neutral hasta el momento, comienza su actividad bélica. Los japoneses no podían imaginar en ese momento las consecuencias de tal decisión.

            Los países del eje fueron cayendo, hasta la muerte de Hitler y posterior rendición de los alemanes, pero la lucha continuaba en el Pacífico. Británicos y estadounidenses luchaban conjuntamente con China para derrocar a los japoneses. Los aliados habían centrado sus objetivos en la búsqueda de un modo efectivo para la rendición de Japón y acabaron por conseguirlo. ¿Cómo? “Gracias” a la decisión de un ataque nuclear a las ciudades de Hiroshima y Nagasaki.
            Una agresión de este tipo deja una atmósfera desoladora que plasma muy acertadamente Alain Resnais, en su película “Hiroshima mon amour”: al comienzo, dos cuerpos que parecen cubiertos de tierra, como si se fundiesen entre ellos, acompañados de una música inquietante y seguidamente el paralelismo con las imágenes de terror provocado inmediatamente posterior al ataque, después de un breve y amargo silencio. La película intenta explicar lo inexplicable, exactamente la misma tesitura en la que yo me encuentro en este momento.

            El presidente Truman justificó, apoyado por Churchill, el ataque como medio para acortar la agonía de la guerra. Llevaban demasiado tiempo ansiando la rendición de Japón, que parecía no llegar nunca, a pesar de haber perdido su capacidad militar hacía tiempo, y saciaron la curiosidad por descubrir los efectos de sus Little Boy. Pero no fue suficiente con un primer aviso, decidieron demostrar su fuerza destructiva con Fat Man en Nagasaki. Se dice que las bombas fueron un mero experimento de los Estados Unidos, ya que el proyecto Manhatan llevaba en pie mucho tiempo. De hecho, se llegó a temer que Japón se rindiese antes de que las bombas estuviesen listas y que EEUU no pudiese saciar su sed de poder y venganza, como podemos deducir que tenían, a través del discurso de Truman tras los ataques: "Los japoneses comenzaron la guerra desde el aire en Pearl Harbor. Ellos han pagado con creces (ese ataque). Y el final no ha llegado todavía. Con esta bomba, nosotros hemos hecho un nuevo y revolucionario incremento en destrucción, para aumentar el creciente poder de nuestras fuerzas armadas. Estas bombas están siendo producidas en la forma actual, pero aún más poderosas formas están en desarrollo […] Es una bomba atómica. Es la utilización del poder básico del universo. La fuerza con la cual el sol toma su poder, ha sido enviada a aquellos quienes llevaron la guerra al Lejano Oriente."
            Efectivamente, se logró la rendición de Japón, pero el objetivo de Truman parece no haber sido alcanzado, ya que “la plaga atómica”, como la llamó el periodista australiano Burchett, no acortó la angustia del conflicto, sino que lo alargó hasta los días de hoy. Hiroshima y Nagasaki se convirtieron en escenarios de auténtica masacre, como si de una película de zombis se tratase. Murieron alrededor de doscientos cincuenta mil personas, rodeadas de escombros e individuos en carne viva, miembros desgarrados y ensangrentados. Las pérdidas humanas inmediatas quizás no sean representativas dentro de los sesenta millones de personas que perdieron la vida en esta guerra, pero sí lo serán las consecuencias que derivan de los ataques. Hiroshima ha sido la mayor demostración de crueldad, espeluznante, el culmen de la depravación humana.
            Como comentaba al inicio, cualquier contienda bélica tiene numerosas consecuencias negativas. No es mi intención defender a ningún bando, pero sí me atrevo a opinar, en este caso, que la solución de EEUU para acabar la guerra fue totalmente desmedida e injustificada. Repudio todo tipo de hegemonía y decisión sobre la vida ajena, hasta el punto de acabar con ella, pero me resisto más todavía a la idea de convertir la vida de una persona en una auténtica amargura. El pueblo japonés fue víctima de tal ofensa con las agresiones sufridas en 1945. El ataque principal no fue el protagonizado por el Enola Gay, sino el rechazo social posterior que sufrieron los hibakusha, su miedo constante frente a la vida, y tener que escuchar, sesenta y cinco años después del ataque, al último superviviente del avión norteamericano diciendo que no se arrepiente de lo sucedido y que volvería a hacerlo. Algunos norteamericanos mantienen que fue mejor así porque de otra manera se verían obligados a invadir Japón y el número de muertos, tanto japoneses como americanos, hubiese sido mayor. Ese dato nunca lo corroboraremos. Además, habría que contabilizar a las personas que todavía mueren hoy en día por causa de diferentes tipos de cáncer, debido a la radiación presente aún después de todos estos años.

            Realmente creo que el experimento se le fue de las manos y dudo que los norteamericanos viesen en el bombardeo de  Hiroshima y Nagasaki un beneficio para la humanidad, sino el propio General MacArthur no hubiese prohibido la entrada de los periodistas en la zona del conflicto, para que el resto del mundo conociese el resultado de sus hazañas.

            Eiji Nakanishi, un hibakusha, explica que su cometido en la vida, a través de dar a conocer lo ocurrido en su ciudad, ha sido intentar que no haya más Hiroshimas ni Nagasakis; la eliminación total de las armas nucleares. Sin embargo, sabemos que todas las potencias mundiales disponen de bombas atómicas suficientes como para destruir el planeta en un segundo y que el desarme total es una utopía.

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